martes, 24 de noviembre de 2009

Volar en otros niveles

Y se hizo tan sórdido aquel estremecedor silencio que nadie oyó los gritos, chirrido de los hielos de los mares glaciares antes de quebrarse.

La televisión de fondo emitía a todo meter un incultural programa de mínima audiencia y la melodía de un móvil odioso la salvó por la campana.

Sin poder contener las lágrimas, marchó al baño sin avisar, pero no hizo falta tampoco, desde hacía mucho tiempo era ya invisible. Arrastrando los pies, remolcando todo su peso, con la barbilla tocando el esternón y los hombros totalmente hundidos, consiguió recorrer los escasos metros que distaban de su refugio. A ella le parecieron interminables kilómetros. Y allí, en aquel aseo de barucho, limpio y aseado, se acurrucó buscando cobijo y lloró, sin tener que esconderse. Y se abandonó un tiempo, inmóvil, en posición fetal, queriendo tal vez regresar al seno materno o deseando no haber salido nunca de él.

Pensando que eran demasiados los minutos de su retirada como para no despertar sospecha, se recompuso como pudo y volvió deshaciendo la inalcanzable distancia que la separaba de aquella mesa del centro. Ella seguía hablando por teléfono. Ni siquiera se percató de su ausencia. En la misma posición que la dejó. Sonreía. Ni se inmutó.

Estática, encogida, menguada, inerte en su silla, con la mirada fija y perdida, respiró hondo y acto seguido suspiró.

- ¿Nos vamos?- Dijo con una voz casi casi inaudible.

- Si- Contestó sin despegar el auricular de su oreja.

Pagaron sus consumiciones en barra y salieron del local.

Una vez en la calle, el silencio se hizo más estridente si cabe, ensordecedor, tremendamente escandaloso y un gélido escalofrío recorrió todo su cuerpo.

- Bueno…pues…nada…ya nos veremos…- Mientras miraba compulsivamente su reloj, guardando acot seguido el móvil en el bolso y rebuscaba en su interior las llaves del coche.

- Que vaya bien.

- Sí, lo mismo. Dos besos.

Se aproximó a ella y de manera inconsciente aquella se agachó para dárselos. Siendo ambas de la misma altura, nunca entendió porqué se encogía. Entonces lo supo: siendo ambas de la misma estatura nunca estuvieron a la misma altura y el lenguaje corporal, fiel cruel delatador lo constataba.

Y marcharon volando en distintas altitudes. Sus líneas de vuelo nunca más se encontraron.

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