- La próxima vez que pidas un deseo, ten cuidado, podría hacerse realidad.
Eso fue lo que dijo ella y él, sólo una vez concedido, supo a lo que se refería. Antes estaba demasiado excitado y obcecado en hacer realidad su fantasía, sin darse cuenta de que lo que a veces soñamos no es precisamente aquello que más se ajusta a la realidad.
Ella era enfermera y docente. Él profesor de educación física y monitor de tiempo libre. Eso era todo cuanto sabían el uno del otro. Dos mitos eróticos en plena efervescencia sexual, embriagados por una noche de calor, humo y gentío.
Sin muchos remilgos ni tiempo que perder, tomando ella la iniciativa, se cortejaron el uno al otro y pidiendo la segunda copa, sobre la barra de aquel local, él le suplicó:
- Esta noche quiero dormir contigo, llévame a tu casa.
No tardó mucho en cumplirse su primer deseo, después de un flirteo continuo, insinuantes miradas, sutiles roces a escondidas y ardientes palabras susurradas al oído, la temperatura de la sala se hizo insostenible y sin apenas despedirse de sus amigos salieron de aquel antro huyendo de la muchedumbre, la fumarada y del ruido, cogidos de la mano.
Una vez en la calle, a la unión de sus manos le siguió la de sus lenguas en un ardiente y apasionado beso, muy superior a los de cualquiera de las cintas de la gran pantalla, que ni el mismísimo Dosnieau hubiera podido inmortalizar como le Baiser de l´Hotel de Ville, y ya no se separaron hasta la mañana siguiente.
De camino a su casa cerca estuvieron de tener un accidente, pues al taxista se le iban los ojos a través del espejo mirando cómo ambos se comían. Fue un fuerte carraspeo lo que les interrumpió para que pagaran la carrera y siguieran fundiéndose en el patio. Ya en el ascensor, a ella le sobraban las medias y a él tanta presión en la bragueta empezaba a dolerle.
Ante la urgencia del deseo, se le cayeron las llaves al suelo, las recogió y abrió enseguida, tan pronto como los magreos lo permitieron. La puerta se cerró de un golpe de nalgas cuando, una vez dentro, la empujaron al tomarla él a ella por la cintura para colocarla a horcajadas mientras se besaban.
De camino a la ducha, fueron perdiendo su ropa y la primera parada fue en la cocina:
- Espera, espera. Voy a encender el butano.
- No será necesario, no creo que el agua pueda salir más caliente que nosotros.
Y razón no le faltó, porque ni siquiera dieron tiempo a que el termostato alcanzara la temperatura suficiente para equipararse a las suyas.
Su segundo deseo se cumplió en la ducha y sin darse tregua, ella lo condujo hasta el dormitorio donde se entregaron por completo a la pasión, el uno al otro, de la forma más salvaje, siguiendo su instinto más animal.
Ya exhaustos, cuando parecía que Morfeo les llamaba a filas, él se resistió y sucumbiendo a los encantos de ella formuló su tercer y último deseo:
- ¡Haz de enfermera para mí!. Pídeme lo que tú quieras y yo te lo haré, pero sé mi enfermera. ¿Qué quieres que te haga?. Pídemelo.
Ella, con el dulce cansancio que sigue una vez alcanzada la plenitud, no dándose por aludida, hizo como si no hubiera oído nada y él, no dándose por vencido, volvió a insistir con un nuevo asalto:
- Haz de enfermera para mí. Yo seré tu paciente.
- Ssssshhh – Y le cerró los labios con su índice.
Aquel antojo la dejó fuera de juego. Odiaba a rabiar que la identificaran con una de esas ridículas
enfermeritas del Benny Hill y se negaba a interpretarlas. Le gustaba jugar a provocar y satisfacer determinadas fantasías sexuales pero justo aquella le parecía tremendamente machista y le provocaba efectos muy lejanos a los de cualquier excitación.
Nadie antes se lo había pedido tan explícitamente y con tanta contumacia. Ella sabía ser enfermera pero no hacer las veces de. ¡Aquello no era una actuación sino su profesión y tener que ejercerla precisamente ahora!. ¡Era como decirle a un cocinero que se pusiera entre cuchillos, fogones y sartenes en medio de un polvo!.
Como si de una montaña rusa se tratase, su libido, estando en el punto más álgido, tuvo una pequeña frenada, se detuvo e inició un descenso brusco casi casi hasta los suelos.
¡A ella también le ponía que él fuera monitor de deportes de alto riesgo pero no por ello le pidió que rapelara por la pared del armario ni escalara hasta la lámpara mientras ella le admiraba atónita desde la cama!
- Esta noche no, no estoy de guardia.
- ¡Vaaaamos!, ¡siiiiiíí!.
- Lo siento, no puedo.
- Quiero ser tu paciente y que tú seas mi enfermera.
- Ssshhh, no sabes lo que pides.
- ¡No seas mala!.
- Está bien. Tú lo has querido, pero yo te lo advertí.
Le llenó el pecho de electrodos, le colocó un manguito para medirle la presión arterial y le puso un catéter que le llegó al corazón. Ella le llegó hasta el corazón. Y así, enganchado, lo dejó. Perplejo, totalmente descolocado.
- La próxima vez que pidas un deseo, ten cuidado, podría hacerse realidad- y, compadeciéndose de él, le dio un último beso, el de buenas noches, lento y despacio, muy tierno y permaneció aún un rato despierta, haciéndole cosquillas por su cuerpo desnudo, revirtiendo así su cardioplejia y el instante de apnea.