miércoles, 4 de febrero de 2009

El día de Inocentes


Si bien su historia no fue vox populi jamás les importó.

Nada tuvo que ver con que ese domingo fuera el día de los Inocentes para que a los dos se les quedara cara de panoli, en absoluto. Como capullos en flor.

No hubo bromas tradicionales hechas al prójimo, ni chistes fáciles.

Tomaron un té previo a la película. De la India para él, marroquí el de ella, intercambiando inconscientemente sus gustos. Nunca fueron dos mitades buscándose si no más bien dos enteros complementándose.

A ninguno de los dos les asustaba la soledad, sabían lo que era gozar de ella.

Entre sorbo y sorbo, palabras en silencio y silencios dialogados, callando aquello que querían contar y diciendo lo que querían callar. Sus manos entrelazadas, una mirada profunda y una sonrisa perpetua. Al fondo, Bebo, Valdés. En la primera mesa al lado de la barra, bebiendo, ellos.

Se les rompió el amor de tanto usarlo.

Ella, era partidaria de que lo que no usa se atrofia, y así derrochaba en detalles.

Él, de la teoría de que lo que usa en demasía se hipertrofia o se desgasta, y así dosificaba sus manifestaciones.

Ningún juez dictó la orden de alejamiento pero ambos sabían que aquello suponía que uno de los dos debía hacer las maletas y largarse. Estaba claro quién.

Jamás hubo enfrentamiento de pareceres ni discusión alguna, pero eso no sirvió de atenuante. Fin del segundo acto.

Se quisieron como nunca antes. Tan fuertemente hasta doler.

Y a la francesa se marcharon, sin despedirse, queriendo dejar la puerta abierta porque los dos habían perdido las llaves.

Se les rompió el amor de no usarlo.

De lo que sucedió después, pondremos aquí el colorín colorado y me consta que aunque jamás comieron perdices vivieron felices.

La otra noche los vi juntos. Sus manos entrelazadas, una mirada profunda y una sonrisa perpetua, pero esta vez sólo salían, creo, a dar una vuelta por el corazón.

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